Quedarse para dejar que partan otros compañeros, o irnos y jamás saber qué pudo pasar, es una ausencia que duele en lo más profundo del alma. Acercarnos a alguien y que nos pregunte: ¿por qué te fuiste?, sabiendo que ahora más que nunca hubiéramos podido quedarnos, es algo que nos disgusta sobremanera. Nos perdemos lo mejor de la vida: las aventuras vividas en las comunidades, donde nos formamos, donde nos necesitaron. El problema de muchos profesionistas basados en un título, y no en la experiencia que te dan los años, un lugar y un grupo, es considerar que tenemos la obligación de decirle a otra persona lo que son. La guerra es contra ellos mismos, contra eso que quisieran ser y que les molesta ver en nosotros: las ganas de no rendirse.
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