¿Por qué seguimos leyendo historias distópicas?

¿Por qué seguimos leyendo historias distópicas?

¿Por qué seguimos leyendo historias distópicas?

Imagínate un mundo donde cada uno de tus movimientos es vigilado —aunque, bueno, quizá ya no hace falta imaginarlo tanto—. Un mundo donde los libros están prohibidos, las personas nacen con un lugar asignado dentro de la sociedad o cuestionar al poder puede convertirte en enemigo.

Suena horrible… ¿no?

Y, sin embargo, llevamos décadas leyendo historias precisamente sobre esos futuros horribles e indeseables.

Novelas como 1984, Rebelión en la granja, Un mundo feliz, El cuento de la criada o Fahrenheit 451 continúan apareciendo en librerías, escuelas y listas de recomendaciones incluso décadas después de haber sido publicadas.

Y aquí surge una pregunta bastante lógica: ¿por qué nos gusta leer historias sobre sociedades en las que probablemente no querríamos vivir?


¿Qué es una distopía?


Una distopía es una historia que presenta una sociedad ficticia donde determinadas condiciones políticas, tecnológicas o sociales han llevado al mundo hacia una situación indeseable.

Gobiernos autoritarios, vigilancia permanente, censura, desigualdad, pérdida de libertades o sociedades aparentemente perfectas que esconden algo bastante turbio son algunos de los elementos que suelen aparecer dentro del género.

Pero la distopía no intenta imaginar el peor futuro posible, también puede tomar problemas que ya existen en el presente para llevarlos hasta sus últimas consecuencias. Consideras que ¿hay algo que esté ocurriendo actualmente y que, llevado al extremo, podría conducirnos hacia un futuro distópico?

Por ejemplo, El Gran Hermano de 1984 puede parecernos exagerado hasta que lo relacionamos con nuestro presente: piensa en cuánta información dejamos diariamente en internet, ¿a dónde, para quién o qué se van estos datos?

Otro ejemplo; La sociedad perfectamente organizada de Un mundo feliz parece absurda hasta que nos preguntamos cuánto de nuestra vida gira alrededor del consumo, la productividad o la búsqueda constante de entretenimiento.

La investigadora Mayte Donstrup estudió cómo las audiencias interpretan la ficción distópica y encontró varias funciones asociadas al género: conocimiento, rechazo de fenómenos sociales negativos, advertencia, especulación e ideología, entre otras.

La fórmula podría resumirse más o menos así:

Tomamos algo que nos preocupa del presente → lo exageramos → imaginamos sus consecuencias → regresamos a observar nuestra realidad.

Las distopías funcionan como simuladores

Entonces, ¿somos medio masoquistas por disfrutar historias donde todo sale horrible? No exactamente. La psicología tiene una explicación bastante más interesante.

Algunos investigadores han propuesto que la ficción puede funcionar como una especie de simulador de experiencias.

Un estudio publicado en Personality and Individual Differences durante la pandemia de COVID-19 encontró que las personas aficionadas al horror y a géneros relacionados con situaciones apocalípticas mostraron mayores niveles de preparación o resiliencia psicológica frente a la crisis.

La hipótesis detrás del estudio es sencilla: las historias nos permiten enfrentarnos imaginariamente a situaciones amenazantes sin experimentar realmente sus consecuencias.

Podemos preguntarnos: ¿Qué haría yo?, ¿En quién confiaría?, ¿Me adaptaría?, ¿Me revelaría? Todo desde la comodidad bastante conveniente de nuestro sillón.

¿Puede una novela cambiar la manera en que vemos la realidad?

Quisiera que la respuesta fuera tan sencilla como decir que sí. Pero el asunto es un poco más interesante.

Los investigadores Calvert W. Jones y Celia Paris realizaron tres experimentos para analizar cómo las narrativas distópicas podían influir en determinadas actitudes políticas. Sus resultados sugieren que exponernos a este tipo de historias puede modificar la manera en que algunas personas interpretan ciertos conflictos o evalúan determinadas formas de acción política.

Ahora, tampoco significa que por terminar 1984 automáticamente nos convirtamos en los mayores rebeldes del sistema.

Lo interesante es que las historias ficticias pueden influir en la manera en que interpretamos nuestra propia realidad.

Tal vez es por lo que las distopías siguen funcionando décadas después de haber sido publicadas.

Cinco clásicos distópicos que vale la pena leer

Si quieres comenzar a explorar el género, estos libros prácticamente construyeron buena parte del imaginario que seguimos asociando con las distopías.

1984 — George Orwell

Probablemente la distopía más famosa de todas.

Winston Smith vive bajo un sistema donde el Estado controla la información, modifica el pasado y mantiene a la población bajo vigilancia constante.

De aquí vienen conceptos que ya forman parte de nuestra cultura popular como el Gran Hermano, la Policía del Pensamiento o la neolengua.

Pero más allá de cámaras vigilándolo todo, 1984 plantea algo todavía más inquietante: ¿qué sucede cuando alguien puede controlar incluso nuestra percepción de la realidad?

Rebelión en la granja — George Orwell 

Mucho más breve que 1984, pero no menos incómoda.

Los animales de una granja expulsan a los humanos con la intención de construir una sociedad más justa.

Como probablemente puedas imaginar, las cosas no salen exactamente como esperaban.

A través de una fábula aparentemente sencilla, Orwell habla sobre poder, propaganda y la facilidad con la que los ideales pueden transformarse cuando quienes gobiernan comienzan a disfrutar demasiado de sus privilegios.

Y sí: probablemente terminarás recordando cierta frase sobre animales iguales y animales “más iguales” que otros.

Un mundo feliz — Aldous Huxley

Aquí el control no funciona exactamente mediante el miedo.

Funciona mediante comodidad.

Las personas son diseñadas para ocupar determinadas posiciones sociales y viven rodeadas de entretenimiento, consumo y una sustancia llamada soma que elimina cualquier emoción desagradable.

Y quizá por eso resulta tan inquietante.

Porque Huxley plantea una sociedad donde muchas personas ni siquiera desean escapar del sistema que las controla.

Fahrenheit 451 — Ray Bradbury

En el mundo de Guy Montag, los bomberos no apagan incendios. Queman libros.

La lectura se considera peligrosa dentro de una sociedad obsesionada con el entretenimiento rápido y donde pensar demasiado puede convertirse en un problema. ¿Te suena familiar?

Aunque suele recordarse principalmente como una historia sobre censura, Fahrenheit 451 también reflexiona sobre nuestra relación con la información, la distracción y el pensamiento crítico.

El cuento de la criada — Margaret Atwood

En la República de Gilead, las mujeres han perdido gran parte de sus derechos y algunas son obligadas a desempeñar funciones reproductivas dentro de una sociedad profundamente jerarquizada.

Atwood construyó su novela utilizando prácticas y formas de control que ya habían existido históricamente.

Quizá por eso Gilead resulta tan perturbador. Porque la historia no pregunta “¿podría ocurrir algo así?”, Más bien, nos obliga a recordar que muchas de esas cosas ya ocurrieron.

Entonces, ¿por qué seguimos leyendo distopías?

Quizá porque nos permiten imaginar el desastre para comprender mejor el presente.

Entramos voluntariamente en sociedades donde todo salió mal porque podemos observarlas desde una distancia segura. Podemos sentir miedo, indignación o incluso curiosidad. Podemos cerrar el libro. Para luego mirar nuevamente nuestro propio mundo y preguntarnos qué estamos haciendo ahora para construirlo.

Escrito por:

Instagram: @tristes_dibujos

Blog escrito por: Michelle Itzel Vera Cisneros